Otro es yo

A veces, cuando me despierto por la mañana, no sé quién soy: no sé si estoy en Madrid o en Buenos Aires; si tengo diez, veinte o treinta años; ni si estoy despierto verdaderamente o si, por el contrario, aún estoy dormido y soñando.

Generalmente, ese limbo identitario cae por tierra al levantar la persiana, constatar que el Viaducto de Segovia sigue frente a mi balcón y que en la pared de mi habitación están las fotos de Jana y no las de Paula o Mariana.

Pero, a veces, sucede que las ganas de ir al baño le ganan a las de abrir la ventana y ahí, después de enjuagarme la cara, levanto la mirada y no hacen falta puentes, ni fotos para saber con precisión mis coordinadas espaciotemporales: el espejo me dice quién soy.

Los pómulos menos angulados me dicen que tengo más de veinte, edad en la que me saqué las muelas del juicio. La barba delata que ya pasé los veinticinco, edad en qué dejé de afeitarme a diario. De entre todos los vellos de mi rostro, hay uno que me recuerda mis treinta: ese de debajo del orificio nasal derecho que es el único cano que, de momento, decora mi cara y que apareció hace escasa semanas. Por último, busco con la mano izquierda la rugosidad de una pequeña cicatriz en el cuello a la altura de la aorta que es testigo de un lunar que me sacaron hace tres año, uno de los tantos que me extirparon, pero el único que me extrajeron desde que vivo en Madrid.

Resulta paradójico que estas efímeras crisis las resuelva el espejo, porque se vale del reflejo para despejar mis dudas y los reflejos, tristemente, sólo están ahí para constatar una única certeza: que lo más propio y distintivo que tenemos en el cuerpo, la cara, es algo que nunca vamos a ver.

Los reflejos, al fin y al cabo, no son más que un simple premio consuelo para los que tenemos breves trances matutinos y nos conformamos con ver una superficie espejada que duplica nuestra imagen.

A veces fantaseo con que, en mi baño, no hay un espejo sino una ventana hacia otra dimensión donde vive un hombre idéntico a mí (con la salvedad de que es zurdo en vez de diestro) y tiene estos lapsus exactamente en el mismo momento que yo. Cuando tengo estas digresiones paranoides, recuerdo lo mucho que disfruté viendo la película “El hombre duplicado” (y lo cansina que resultó la lectura de la novela homónima en la que está basada el film), deleite que, a día de hoy, nadie que la haya visto ha compartido conmigo.

Sólo me consuela saber que, detrás de una ventana, hay un tipo que, pese a escribir con la mano izquierda, disfrutó de la película tal como lo hice yo.

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