“Eroski paraíso” o de cómo ir a la pescadería y volver contentos con las manos vacías

Cada vez que mi novia vuelve de la pescadería, me cuenta la misma historia. Se titula “una vieja intentó colarse”.  Sucede que ir al mercado y volver a casa con un filete de atún, salmón o merluza puede ser un acto estresante y que saque lo peor de uno: siendo uno un joven treintañero, circunstancias como estas nos hacen mostrar desprecio por una ancianita pilla intenta tomar un atajo en la fila. Está claro que las colas de las pescaderías suelen ser caldo de cultivo para bajezas humanas.

Yo no suelo acudir muy seguido a comprar pescado. Soy más bien hombre de carne, pero cuando me toca hacerme cargo de la compra suelo ponerle la mejor cara al espectáculo de las abuelas colonas que abundan en la fila de “Pescadería Costa Gallega” en el madrileño mercado de la Cebada. Así que disfruto de esa pantomima llamada “cola” donde los años te dan ventaja y la vez es solo una mera formalidad que el pescadero suele obviar dependiendo de si el cliente cobra un sueldo o una jubilación.

Por esto y por el hecho de que mi chica es oriunda de la Tierriña, es que le tengo cariño al Mundo Pescadería. Así que cuando me convidó a asistir junto a ella a una representación teatral que venía desde su tierra a Madrid y que se ambientaba en un pequeño supermercado donde la “peixería” tenía un destacado lugar en la puesta en escena, no dudé en secundarla.

La obra en cuestión se llama “Eroski paraíso”. Su nombre suena a una campaña de marketing barata de los dueños de la cadena de supermercados vascos, pero esconde detrás una sentida carga de nostalgia por el pasado perdido y una socarrona crítica al paso del tiempo y la deformación de los orígenes.

El montaje de la compañía santiaguesa Chévere es un ejercicio metadiscursivo en el que una joven veinteañera intenta rodar un documental sobre su propia familia con su pueblo natal Muros como escenario de fondo. Para ello, cuenta con la inestimable ayuda de su padre Toño, su madre Eva, su abuelo Cuncheiro que vive en el paralelo universo de la demencia senil y Marc, el amigo sonidista que a mitad de camino entre el personaje y el técnico de la obra que se está representando cumple un papel secundario y principal a la vez dado el rol fundamental del tratamiento sonoro a lo largo de la representación.

Eva es una “riquiña” trabajadora del supermercado local que otrora fuera una sala de fiestas afamada de la zona. Ella es bastante ingenua, aunque lo suficientemente aguda de seso como para soltar pequeñas acotaciones que dejan pensando por igual al resto de los personajes como al espectador.

Toño es su ex marido. Un cincuentón radicado en Canarias que hará de su torpeza y desconocimiento del mundo del cine documental independiente uno de los principales recursos cómicos de esta representación donde hay, por igual, momentos de carcajadas e invitaciones a la reflexión sin caer en las excentricidades propias del teatro contemporáneo.

Finalmente, Alejandra, la hija, tiene la ardua tarea de cohesionar a este dispar equipo técnico y artístico de un documental que es un retrato de su mundo íntimo, pero que refleja sentimientos tan universales como la nostalgia por el desarraigo, el sentimiento de que todo pasado siempre fue mejor que cualquier presente y la consecuente crítica a los tiempos actuales donde la palabra “paraíso” está más asociada a la ingeniera fiscal para evadir impuestos que a construcciones utópicas de credos o ficciones de cualquier tipo.

Asimismo, los recursos técnicos de luz y sonido de la obra juegan un rol fundamental a la hora de introducir al espectador en la película que se está filmando, para luego traerlo de vuelta a la obra que se está representando. Encuadres de luz y diversos planos sonoros que se construyen en ausencia y presencia de micrófonos establecen el límite entre las tablas y la pantalla, entre el celuloide y el escenario teatral.

Por último, otro gran acierto de los integrantes de Chévere es haber construido un relato muy local explotando al máximo los factores de empatía que el universo gallego suele ofrecer para con el resto de España, pero accesible a cualquier espectador sin importar su procedencia o cercanía con el mundo Galicia. Para dicho fin, juegan un rol destacado los diálogos que van y vienen en castellano y gallego: Eva suele hablar casi toda la obra en castellano, mientras que Toño lo hace en gallego y Alejandra se configura como un puente entre ambas lenguas intentando rescatar de las expresiones más locales de su padre lo más auténtico de esa tierra del Noroeste. Gracias a esta singular inmersión lingüística, en ciertos tramos de la obra, el espectador llega a tener un atisbo de ese “cheiro do paraíso” que es el aroma de aquel pasado de gloria que supo ser el ahora supermercado. Lo interesante de este planteamiento es que “Eroski paraíso” es una obra que no renuncia a ser auténticamente gallega para llegar a cualquier espectador.

Finalizada la obra y gracias a la cercanía que crearon los integrantes de la compañía al derribar la cuarta pared durante el momento de los aplausos, mi chica y yo nos dispusimos a acercarnos al escenario para pedirles una foto a las protagonistas. Yo me fotografié con Cristina Iglesias, ya despojada de su rol como Alejandra, y mi chica se retrató con Patricia de Lorenzo quien hasta hace pocos minutos era la encantadora Eva. El fondo de la fotografía es un costado del escenario donde se lee en grande la palabra “peixería”.

Volvimos a casa entusiasmados con la representación y, por primera vez, la vi a mi novia contenta de haber ido a la pescadería… y eso que no se llevó la merluza.

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