Poco dios para tanto pollo

En Ghana existe una lengua vehicular hablada en la versión más rústica y empantanada de lo que es su variante normativa. Se llama pidgy y es una forma de hablar el inglés sin prestar demasiada atención a la gramática ni a los tiempos verbales y con una pronunciación muy lejana al relamido acento british que se escucha en los pubs londinenses. En España, también. Es cierto que no lo llaman así, pero en esencia es algo parecido: después de estudiar el idioma, llenar libros de ejercicios y pasar horas escuchando infinitos listenings, el resultado es algo muy cercano: una distorsión de la lengua de Shakespeare que ha dejado mal parados a más de un político en su intento por comunicarse en este idioma.
Pese a estas semejanzas, fui testigo de lo difícil que puede ser la comunicación entre hablantes que manejan ambas variantes de un inglés poco pulido. Allá por noviembre de 2019, a Antonio y a mí se nos ocurrió la delirante idea de vivir una aventura subsahariana volando a Accra para comenzar un periplo que nos llevaría por diferentes rincones de Ghana rastreando los pasos de lo que había sido el mercado de esclavos en siglos anteriores. A la expedición se sumó Alba, la joven del grupo que servía de contrapunto en caso de empate y ponía la justa dosis de organización y metodismo tan ajenos a los humanos portantes de huevamen.
A lo largo del viaje, fuimos parando en lugares insólitos y entrevistando a personajes por demás variopintos para recolectar información que potencialmente en el futuro se convertiría en reportajes que venderíamos por libre a diferentes medios de comunicación. A mí, el más inexperto en el oficio de periodista, me tocaba tirar de mis puntos fuertes y aprovechar que se me daba bien el inglés. Alba también lo dominaba bastante bien. Antonio… bueno, nivel usuario. Usuario español.
Aun así, nos complementábamos bastante bien en tareas de producción, recopilación de datos, registro y operaciones técnicas como el manejo de una grabadora y la toma de fotografías.
En las entrevistas, no siempre me tocaba llevar la voz cantante, pero sí que estaba atento con mi libretita de papel madera tomando apuntes, muchas veces con criptogramas que me ayudaban a resumir o simplemente con abreviaciones, flechas y versiones simplificadas de oraciones que yo podría estirar en el futuro a partir de un par de palabras que compusieran un sentido para mí.
Nos reunimos con políticos, trabajadores de ONG, líderes tribales, sacerdotes de las religiones más imposibles y hasta con algún ciudadano de a pie. Aunque los temas de conversación que nos ocupaban eran de lo más distintos, sucedió en más de una ocasión que un procedimiento ritual se repetía en diferentes situaciones. Cuando en la liturgia local, que cambiaba de kilómetro a kilómetro y mezclaba tradiciones meramente locales con su justa dosis de cristianismo, se necesitaba decidir entre opuestos, existía (y casi con seguridad podría asegurar que aún existe) un método para determinar con qué mitad de la cuestión había que quedarse: sacrificando un pollo. Paso a detallar el procedimiento. Primero, al plumífero se le raja el cuello con un cuchillo. Luego, se lo lanza al aire. A continuación, si el pollo muere con las alas mirando hacia el suelo, es sinónimo de una negativa. Por el contrario, si el pollo muere con las alas mirando hacia el sol, la respuesta es positiva.
Por ejemplo: si había que constatar si una deidad aceptaba la ofrenda al altar, pollo. Si había que chequear si un espíritu había poseído un cuerpo, pollo. Si había que corroborar si una mujer era una bruja, pollo.
Pollo, pollo, pollo, pollo.
Con el paso de las entrevistas, entendí que el pollo era la versión local de tirar una moneda al aire. Para la cuarta o quinta entrevista, dejé de sorprenderme cuando el interlocutor mencionaba que para dirimir dicotomías le cortaban el cuello a una pobre ave de corral. Ya me había acostumbrado a que en Ghana lo binario se resolvía a pura sangre… de pollo.
En una ocasión, tuvimos que tomar un vuelo. La historia de cómo logramos comprar los billetes de avión merece un relato aparte. El fugaz enamoramiento que tuvimos Antonio y yo por la azafata (Priscilla se llamaba; jamás lo podré olvidar) de aquel trayecto de poco menos de una hora merece una novela por entregas en decenas de fascículos1.
Durante aquel breve vuelo en un curioso avión que contaba con filas de un solo asiento en el lado derecho, Antonio me pidió mi libreta de anotaciones, ya que en la entrevista con el sacerdote del santuario de monos se había quedado un poco fuera de algunas respuestas que el buen hombre había dado y que habían sido traducidas del idioma local al inglés por un joven que ofició de guía en nuestra visita.
Al entregarle la libreta a Antonio, se llegaba a uno de los eslabones finales de la cadena de comunicación: las palabras del sacerdote en idioma local habían sido traducidas al inglés por el joven guía, luego escritas en mi libreta en castellano, para finalmente ser leídas por Antonio, quien más adelante las plasmaría en forma de reportaje, tal vez, en alguna revista.
Por supuesto, todo ello conllevaba un importante trabajo de codificación y descodificación: resumir en pocas palabras algunos conceptos, para luego volver a adornarlos de vocablos en un texto bonito.
A punto de despegar, la risa de Antonio leyendo mi libreta me desconcertó. Al parecer yo había escrito con trazo rápido una secuencia en la que el sacerdote explicaba el culto a los monos, su naturaleza semidivina y los rituales de ofrenda al altar. Pese a lo extenso de la explicación, había logrado mantener una buena velocidad de transcripción a la hora de volcar la secuencia en mi libreta, utilizando un recurso muy a mano para ahorrarme infinidad de caracteres. Había simplificado el proceso de aceptación o negación de la ofrenda con cuatro palabras: “hacen la del pollo”.
Cuando lo escribí, no me había parecido gracioso, pero al ver la risa de Antonio, me contagié de mi propia humorada involuntaria y también me puse a reír. Estoy seguro de que en ese momento, desde el pasillo, Priscilla nos miró pensando que éramos dos inmaduros que se reían de alguna estupidez. Seguramente ahí descartó cualquier posibilidad de romance con cualquiera de los dos. No lo sé. Quizás es solo un invento de mi imaginación y, aunque creo tener la fórmula para comprobar si lo que intuyo es realidad o pura ficción, seré honesto: prefiero quedarme con el hipotético amor platónico de una azafata en un vuelo fugaz que con la certeza del desamor y un pollo menos en este mundo.
Notas al pie
- ¡Un culo! ↩